Nuestros hijos, obviamente, no nos conocen nada. O dejan de conocernos ya que crecen un poco y se decepcionaron. No saben que la ira que creen que es nuestra parte distintiva y sirve solo para educarlos, podarlos, darles el privilegio de ser supervivientes y resistir como apaches si es necesario, es la ira con que, llegado el caso, mataríamos por ellos sin un temblor en el pulso.