Hablar tanto que uno llega a horripilarse de sí mismo y horripilar a los demás; hablar tan poco que uno casi llega a negar su propia existencia: a demuestra que el lenguaje no es en absoluto un camino directo a la conexión. Si definimos la soledad como el deseo de intimidad, a eso debemos sumarle la necesidad de expresar y de ser escuchados, de compartir ideas, experiencias y sentimientos. No puede haber intimidad si los participantes no están dispuestos a dejarse conocer, a revelarse. Pero encontrar el equilibrio es peliagudo. O bien no nos comunicamos lo suficiente y entonces seguimos ocultos para los demás, o bien nos exponemos al rechazo por hablar más de la cuenta: lo poco duele tanto como lo mucho; las obsesiones tediosas, los abscesos y las avalanchas de la necesidad, la vergüenza y el anhelo.